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  • Elisa Tironi

EXPERIENCIA Y PRESENCIA

En el presente, estoy hace más de dos meses trabajando en una granja orgánica de vegetales en Bowraville, NSW, Australia. “Autarky Farm” es una granja familiar y local dirigida por Camilla y Bryce. El terreno es de 30 hectáreas -10 de ellas cultivadas con vegetales-, rodeada por un río y bosque nativo. Además de los humanos (Bryce, Camilla con sus cuatro hijos, y amigos/trabajadores que van y vienen), hay muchos animales que habitan el lugar: dos caballos, un ganso, muchas gallinas, ocho vacas, tres perros, canarios, guinea pigs, entre otros. Camilla y Bryce viven de (y con, y para) la granja y sus frutos, producen una variedad de 15 vegetales que venden a la comunidad a través de distintas formas. El día se compone de todo tipo de labores del jardín: sembrar, plantar, cosechar, preparar las camas para sembrar, desmalezar, empacar, y vender en las ferias. También hay mucho de labores domésticas que van de la mano con el vivir de la tierra y en una granja: alimentar a los animales, cuidar de los caballos, cortar leña, bombear agua, mover el compost, etc. Cada día tiene mucho de estructura, hay una lista de las tareas diarias que se deben llevar a cabo, pero también hay mucho de no-estructura, de pequeños trabajos que aparecen sorpresivamente durante el correr del día. Hay poco descanso, si uno se para a pensar siempre hay algo que hacer. La granja no para, esta llena de sonidos, es un sistema armónico, auto-suficiente que tiene un movimiento constante que parece interminable.

Me gustaría compartir tres aristas de reflexión, relacionadas a cómo el trabajo con la tierra y el cultivar es y está siendo una experiencia terapéutica.

Primero, mencionar la implicancia física. Hay una constante y profunda conexión con el cuerpo. Toda, o casi toda, labor se lleva a cabo mediante trabajo físico. Mucho uso de la fuerza, de la respiración, del sudor, del cansancio. Mi cuerpo esta siendo mi motor de trabajo como nunca antes en mi vida. Y así como el motor y su importancia, estoy siendo consiente de lo fundamental que es cuidarlo, mimarlo y nutrirlo. El alimento pasa a ser un elemento muy relevante, ser consciente de qué y cómo estoy comiendo, ya que eso tiene consecuencias directas en mi sensación corporal, energética y mental.

Es el contacto directo con el hacer, con lo concreto, con el movimiento. Hay que moverse, llueve o truene (o hagan 35 grados de calor). Todos los días hay que disponer del cuerpo para salir a trabajar, embarrarse, y acompasarse al movimiento inherente del jardín. Este contacto inevitablemente me aleja del mundo de lo mental, claro que se piensa, pero desde otra lógica: es el hacer-presente y la disposición física a con la tierra lo que guía el pensar. No hay cabida al “darse vuelta” mental, fantasioso, pasivo e ilusorio, que es para mi tantas veces, un punto de ansiedad. Este distanciamiento de lo mental/intelectual, y acercamiento a lo práctico/terrenal/corporal, está siendo tremendamente terapéutico y sanador, permitiéndome experimentar calma y serenidad. Mi cuerpo, mi templo, se mueve al compás y ritmo que dicta la naturaleza. Y mis manos además de recibir, tienen algo que entregar. Eso es maravilloso.

También se encuentran las ventajas de trabajar diariamente en el exterior. Me doy cuenta que mis sentidos están más alertas y sofisticados; hay mucho del mirar, escuchar, sentir y olfatear. Se escuchan sonidos de animales todo el día, y creo que he empezado a diferenciar y percatarme de más sutilezas: diferenciar los cantos de los pájaros, los colores de los vegetales cuando están maduros, los distintos árboles, las malezas (cuáles son y cuáles no, ¡importante!). Todo esto está resultando ser de mucho crecimiento y aprendizaje corporal, en el sentido de lo físico/biológico, incluso sináptico. Mi cuerpo está ampliando su campo de conocimiento, acumulando experiencias y aprendizajes. Mis manos están explorando lugares desconocidos e inhabitados, mis ojos observando colores y formas no visibilizados previamente. Hay algo de la conexión con mi niña interna que ha resultado ser profundamente conmovedor, me he reencontrado con ella. Siento que es en y con la tierra donde más encuentro paz y dicha interior.

Creo que la naturaleza como una especie de gran maestra, tiene un ritmo ancestral y primitivo, con una cadencia y tiempos propios. Un ritmo compuesto por mucha espera y constancia. Es sin duda alguna, un ritmo cíclico y sincrónico, en el cual hay algo de la repetición/constancia, pero al mismo tiempo, algo de la sorpresa e incertidumbre. Creo que de algún modo en el jardinear y cultivar empezamos a experimentar en nosotros mismo este ritmo ancestral, la conexión con la tierra invita a que nuestro propio ritmo interno se adapte y se acompase. En el acompasar hay mucho de humildad y reverencia. A veces cuesta re-adaptar el ritmo propiamente humano -acelerado, sediento de control y estructura-, a este compás que invita la naturaleza, que además de ser más calmo, es incierto y nos hace pensar/sentir fuera de la estructura racional en que usualmente vivimos. Digo adaptarse, por que no queda otra. Trabajando día a día con la tierra, y cosechando alimento a partir de ella, implica aceptar y rendirse. Por un lado, hay aspectos que sí podemos controlar y convertir en rutina, como lo son las temporadas de cada vegetal, las estaciones, saber a grandes rasgos en qué etapa se encuentra el proceso de crecimiento, qué minerales utilizar en el suelo, entre otros. Pero, por otro lado, hay un altísimo porcentaje de elementos que no podemos controlar, como lo son el clima, los actos animales, pestes, y todos los comportamientos variantes de la naturaleza. Eso variante abre la puerta a un mundo de misterio y magia. En el libro que me estoy leyendo (Culture and horticulture, a Philosophy of gardening de Wolf D.Storl) hablan de la “imaginative perception”, como una forma de acercarse al fenómeno de “gardening” (¿jardinear?). Menciona que hay tantos elementos interrelacionados (minerales, insectos, aves, plantas, animales clima, influencias cósmicas), tantos mundos internos que no conocemos y se escapan de nuestros parámetros de lógica racional que, como humanos, no nos queda de otra que utilizar la imaginación como herramienta para acercarnos al fenómeno de la naturaleza. Acercarse a la tierra no desde una lógica racional –separar, dividir y categorizar, como si lidiáramos con un mecanismo con una formula determinada de funcionamiento-, sino que pensar en totalidades, en las interrelaciones: pensar en el jardín y el espacio natural como un todo, y pensarnos a nosotros -física y psicológicamente- como parte de ese todo.

Ahora entiendo por qué a veces se entiende a la naturaleza como madre, hay una ligazón intrínseca a la energía femenina. En la granja hay un saber que se construye día a día, un aprendizaje que se basa en parte en la lógica y razón: hay formas y parámetros que seguir para poder alcanzar un crecimiento y cosecha regular. Pero por sobre todo hay un saber que nace desde la intuición, desde el sentir y el imaginar. Hay un misterio que no conocemos, y que nos invita a confiar, equivocar y aprender. Cuántas veces nos ha pasado en la granja que vegetales que han mostrado una constante, de un día para otro dejan de hacerlo, sin una “razón” aparente. Y ahí no queda más que mirar, escuchar y aprender. Energía de la madre tierra que está mucho más conectada al tacto, a la contención y cariño. Es potente el sentido de nutrición que (nos) implica el cosechar y trabajar la tierra, y al mismo tiempo sentir cómo ésta nos entrega frutos de vuelta. Es un ciclo recíproco de amor. ¡Tanto tenemos que aprender de esta energía femenina! Creo que la locura del mundo nos está llamando a volcarnos hacia ella. Re-significar la importancia de nutrir(nos), de darle paso a nuestro sentir y presencia dentro de un sistema más amplio que nosotros mismos. Repensarnos desde otro lugar: estamos lejos de ser el centro del universo y/o naturaleza, somos una nota más dentro de este compás. Está presente la idea de conexión con un mundo y energía que va más allá de nosotros mismos, y está por sobre nosotros. Una energía universal, ancestral, primitiva (no sé como más llamarla, ¿mágica?) que nos muestra cómo todo está interconectado.

Desde la mirada bio-dinámica de agricultura (Steiner) basado en el conocimiento de culturas ancestrales, se estudia cómo el cosmos (posición de los planetas y ciclos lunares) afecta y está interrelacionado con la tierra y las plantas. Se considera que la astronomía y agricultura van de la mano, son parte del mismo ciclo y sistema. A pesar de que Autarky no trabaja desde la mirada bio-dinámica, ya que implica mucho tiempo y rigurosidad (entender todo el proceso de cultivo desde los ciclos lunares, solares y astrales), creo que es interesante el ejercicio de ampliar la forma de aproximarse al fenómeno de la naturaleza, como un todo interconectado.

En la misma línea, he estado leyendo y aprendiendo bastante sobre la permacultura, concepto que inventó Bill Mollison (australiano) a fines de los 70’. La permacultura (agricultura-permanente) es la integración armónica del contexto natural y las personas en un sistema sustentable en donde las necesidades sean suplidas por el propio sistema. La filosofía detrás, hace referencia a trabajar con la naturaleza -cooperación- y no contra ella -como competencia; a mirar el sistema en todas sus funciones, más que preguntarse por sus elementos por separado. Es el utilizar de manera consiente los recursos que el espacio natural y el ecosistema que habitamos nos entrega, y pensar desde ahí cómo aportar y cooperar para que todos los elementos del sistema sean beneficiados. Más que una forma de trabajar con la tierra, o el jardín, creo que es un estilo de vida. He experimentado algo de eso en Autarky, en cómo el alimento que comemos es del propio jardín o provienen de los animales que alimentamos todos los días, y luego a través del compost este vuelve a ser nutriente; la madera que se usa para construir es del propio bosque; el agua que se usa para la ducha viene de la lluvia; los baños son orgánicos por lo que los desechos vuelven a la tierra en forma de compost; los desechos de las vacas se usan para alimentar a los gusanos, y estos a la vez, son los mejores fertilizantes para la tierra, y tantos pero tantos otros ejemplos. Hay un sistema subterráneo que maneja de manera sustentable (y mágica) los elementos y sus funciones, para que todos sean beneficiados.

Pasa lo mismo con la comunidad humana, se respira un principio de cooperación y trueque, en donde cada individuo tiene algún conocimiento que aportar y compartir. Es sentirse parte de una red de conexiones en la cual cada elemento es sumamente importante: la oruga, el suelo, el sol, los pájaros, la lluvia, etc. Cada uno afecta al otro, cada elemento toca una nota necesaria para componer el ritmo completo. Darme cuenta de eso, y verme a mí misma con mi propia nota como parte de ese compás, resulta ser iluminador. Creo que este sentir resulta ser tan armónico y natural, incluso obvio, es como si fuera el principio básico de ser en este planeta, pero a veces es tan difícil de recordar y re-experimentar. Por que quizás lo hemos experimentamos en algún momento, ¿cuándo éramos bebes? ¿O estábamos en el útero? ¿O siendo niñxs?, no sé, pero me da la impresión de que este sentir está en nuestra historia, y que a veces, o en mi caso, lo olvido. La aprensión a mi propia vida y existencia, a mi caminar, a mis movimientos, hace que se me olvide mirar para el lado, para arriba y para abajo, y percatarme de la amplitud en la cual estoy inmersa. Creo que esto resulta ser en sí terapéutico, el simple hecho de plantar-se en el medio del jardín, meter las manos en la tierra, disponerse humildemente a entregar y nutrir, para así recibir nutrición, es sanador.

Por último, compartir reflexiones con respecto al experimentar día a día el fenómeno de la vida y muerte. Hay una presencia constante de estos dos fenómenos que empiezan a ser integrados como algo natural. ¡Qué miedo que da la muerte a veces, sobre todo si lo pensamos como el fin, o como término! Es hermoso sentir cómo el convivir con la tierra y el trabajo con ella, nos muestra cómo la muerte es parte intrínseca de la vida. Para vivir hay que morir. Hay que cosechar para volver a nutrir y sembrar. La lluvia y tormenta ayuda al crecimiento y maduración. Si uno se empieza a fijar más detenidamente ¡se ve en todo! En la idea de compostaje, en la muerte de animales para ser alimento de otros, en el desmalezar, en las gallinas, y tantos y tantos otros ejemplos. La naturaleza sabe tanto de morir y vivir. Ser testigo de esta ciclicidad tan armónica y sincrónica, resulta ser como un espejo de nuestra propia vida: qué importante es recordar que siempre después de la tormenta sale el sol, que la vida está compuesta de pequeñas muertes que nos hacen florecer -y con más fuerza-, que somos un ser vivo más, que como cual vegetal, tenemos un ciclo de germinación, maduración y muerte. Y, por sobre todo, que la muerte no significa término, sino que transformación.

Elisa Tironi Rodó

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