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  • Andrea Rodó

Meditar: mi historia, mi experiencia

Tenía muchas ganas de vivir algo que me decían era una experiencia maravillosa, única, de calma y silencio interior. Había que vencer a la mente, a ese torbellino de ideas y pensamientos incesantes que no nos dejan descansar. La idea era dejar que esos pensamientos pasaran y se quedaran lo menos posible dando vueltas en la cabeza. Acallar la mente, calmarla para darle un espacio al silencio. Al encuentro con uno mismo. Con aquello que hay mas allá de la mente, de la razón; paz y silencio interior. La promesa era fascinante, ofrecía algo que hace mucho tiempo deseaba y buscaba.

La primera vez que lo hice fui invitada por un grupo que se reunía una vez a la semana. Llegué expectante. Me impresionó el lugar y el ambiente que lo rodeaba. No intimidaba, por el contrario, acogía, era bello, amoroso, muy bien cuidado. Fui recibida y acogida con mucho cariño. Sentí una atmosfera cálida, dulce, donde no eres una más, cada una, cada uno, tenía un espacio que se sentía como propio. La sala era muy sencilla, pero preciosa, una luz tenue, una velita encendida, una música evocadora suave, hermosa. La sala en semi penumbra, que ayudaba a experimentar una experiencia calma.

La consigna fue tumbarse en el suelo, sobre una colchoneta, un cojín para la cabeza y una mantita para taparse. La idea era estar lo mas cómoda posible, lo mas confortable que se pudiera. Logrado eso, venía una pequeña relajación dirigida, luego una inducción cortita para introducir la meditación. Cerrar los parpados, buscar el silencio interior, dejar transcurrir los pensamientos, no detenerse en ellos, dejarlos pasar, contactarse con una misma, con aquello que está en nuestro interior, con la luz que somos. Allí se encontraría un maravilloso estado de amor y de unión con el universo.

Parecía fácil, pero el resultado luego de varias sesiones fue insatisfactorio; poco silencio interior, difícil encuentro con el amor, la cabeza como siempre pensante, los pensamientos, ideas y preocupaciones se sucedían unos a otros sin tregua, la mente hacía lo que quería, era la protagonista principal.

Se vislumbraba un camino difícil, todo esfuerzo parecía inútil. Mientras más me esforzaba era peor. Convertía cada experiencia en una tarea, en un desafío, y por tanto centraba mi mente en lograrlo y así no avanzaba nada. Mi cabeza centrada en no pensar, lo único que hacía era pensar. Pese a ello, lograba finalmente relajarme, y me sentía en un estado de paz muy placentero.

De pronto, después de un tiempo, cansada, dejé de intentarlo y solté, me dejé llevar casi vencida. Además, igualmente me parecía muy placentero estar allí, calientita, cada vez mas tranquila, aquello era ya una experiencia muy agradable que valía la pena vivir. Así, dejé de luchar con mi cabeza y mi mente. Ese acto/proceso me costó varias semanas.

Sin embargo, paulatinamente en ese estado sin pretensiones, como por arte de magia bajó la ansiedad. La mente empezó a calmarse, no había exigencias, solo me entregaba a disfrutar de esa calidez, del silencio reinante, mi cuerpo descansaba cada vez más relajado con una extraña sensación de protección, donde todo estaba bien. Empecé a sumergirme lentamente en un estado de felicidad, de contento interior. Esa actitud tranquila, esa entrega, me permitió experimentar lentamente aquello que buscaba. El camino era lento, a veces errático, pero cada vez mejor, cada vez un pasito mas haciéndose realidad mi anhelo inicial. Sentía un profundo deseo de encontrar paz, de acercarme a mi misma, de encontrarme con esa luz interior. Fue sucediendo, mientras mas entregada y con menos pretensiones de control fue abriéndose una experiencia insospechada.

Hoy luego de un tiempo, puedo contar que sigo, sigo buscando la paz interior, que muchas veces lo logro, otras no tanto. La mente siempre esta ahí, queriendo imponerse, pero cada vez más he sentido que se disipa, que queda relegada y no molesta. Cada día más encuentro una experiencia amorosa, un momento de profunda calma, un momento de encuentro con la fuerza espiritual, que me inunda de felicidad interior.

Es difícil hablarlo, es una experiencia que hay que vivir. Si no, parece como si se tratara de un acto de magia, de mucha sugestión. También se puede pensar, -de hecho yo tuve en su momento ese conflicto-, que es una experiencia muy individual o egoísta, dado que estas pensando en encontrar tu felicidad, tu encuentro con el amor y la luz interior, o sea, que la preocupación eres tú y solo tú. Pero no, es una experiencia bella, es un encuentro con el ser. Un encuentro maravilloso con el amor. Y la verdad, no es egoísta, no es una experiencia egótica, porque ese encuentro con lo mas puro de ti, con tu naturaleza, con esa luz amorosa que mora en el interior, te conduce inevitablemente no solo a amarte a ti misma, sino al otro, a todos lo otros que te rodean.

Surgen sentimientos profundos de empatía, de contento interior de generosidad, de solidaridad, de compromiso y compasión con aquellos que sufren, que ayudan a ser mejor persona, y a desear lo mejor para otros, para todos los seres que están en peores condiciones que una.

Creo profundamente en el poder del amor, que conduce a crecer espiritualmente y desde allí, librar todas las batallas, las grandes y pequeñas de nuestra vida con más equipamiento, con una suerte de armadura, de traje especial, impregnado de sabiduría seguridad, nobleza. La experiencia de sentir plenitud espiritual, te colma de una felicidad inimaginable y, por ello, el camino de la meditación que yo he vivido es un regalo que recibo agradecida, estoy segura que se irradia y se expande a todos y cada uno de los que somos parte de este mundo.

Por ello, invito a todas y todos, a experimentar esta vivencia, solo hay que desearla. Hay que anhelar encontrarse con el silencio y la paz interior. El encuentro con el amor que mora en nuestro interior, se hará presente y seremos parte de ese todo, haciéndonos uno con el universo entero.


*Andrea Rodó es Trabajadora Social y Psicóloga. Fundadora de Casa de la Mujer y Practicante de meditación. Miembro del directoria Fundación Sendika



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